VERITO Y SUS CHORRADAS

Saturday, January 21, 2006

DE DONDE VIENE THAIS ?

SANTA TAIS,
PenitenteSIGLO IV d.C.
8 de Octubre

A mediados del siglo IV vivió en Egipto una famosa cortesana, por nombre Tais, que había sido educada en la fe cristiana, pero en quien se habían extinguido los sentimientos de la gracia con un amor desordenado al deleite y a las ganancias de la codicia. La belleza, el talento, las lisonjas de las malas compañías la arrastraron a un abismo de infames y criminales vicios, que sólo el esfuerzo extraordinario de una gracia singular podía sacarla a salvo.
Esta infeliz e insensata pecadora estaba ya casi a la boca del eterno prepicio, cuando se interpuso en favor suyo la misericordia divina. Pafnuncio, Santo anacoreta de la Tebaida, lloraba día y noche la pérdida de aquella alma, porque eran públicos en todos aquellos países los escándalos de su arrastrada vida y conducta licenciosa. Al fin, habiendo encomendado a Dios este asunto con el mayor ahínco, formó el proyecto de una piadosa estratagema para poder tener entrada con ella, con el fin de rescatarla de la esclavitud de sus desórdenes. Dejó, pues, sus investiduras penitenciales, y se aderezó de modo que quedó enteramente disfrazada su profesión. Yendo a casa de ella lleno de un deseo ardientísimo de su conversión, llamó a la puerta, y fue introducido hasta su aposento. Le dijo que deseaba hablar con ella en secreto, para que le suplicaba escogiera algún retrete separado de su familia. "¿Qué es lo que teméis? - respondió Thais -, si a algún hombre, ninguno puede vernos aquí; si a Dios, no hay sitio por escondido que sea que huya de su penetración". "¿Qué -replicó Pafnuncio- , conocéis vos que Dios está aquí?" "Sí, dijo ella, y también hay un cielo que ha de ser la porción del bueno, y eternos tormentos reservados en el infierno para el castigo de los inicuos". "¿Y es posible -dijo Pafnuncio_ que sepais y creais estas eternas verdades, y oseis sin embargo pecar delante de Aquel que conoce y que ha juzgar a todas las creaturas?".
Tais en estas expresiones conoció ya que la persona con quien hablaba era un siervo de Dios que venía inspirado de un celo santo a sacarla del infeliz estado de la perdición; y al mismo tiempo el Espíritu Santo, que hablaba por la boca de Pafnuncio, iluminó su entendimiento para que viese la vileza de su pecado, y ablandaba su corazón con los tocamientos interiores de su gracia. Llena, pues, de confusión a vista de sus crímenes, y penetrada de una honda amargura, detestando su villanía e ingratitud a Dios, prorrumpió en un raudal de lágrimas, y arrojándose a los pies de Pafnuncio, le dijo: "Padre, imponedme la penitencia que tuvieréis por conveniente; rogad por mí a Dios que se digne de tener misericordia de mí. Tres horas deseo no más para arreglar mis negocios, y estoy dispuesta a seguir en todo vuestros consejos". Pafnuncio le dijo de un sitio a donde podía ir, y se volvió a su retiro.
Tais juntó todas sus alhajas, los magníficos adornos de su casa, y toda su mal ganada riqueza, y haciendo un gran montón en medio de la calle le pegó fuego públicamente, convidando a cuantos le habían hecho aquellos presentes, y sido partícipes de sus desarreglos, a seguirla en su sacrificio y penitencia. Haber guardado uno solo de aquellos presentes no hubiera sido cortar de un todo las ocasiones de tentación que pudiera haber hecho revivir sus pasiones, y volverla al antiguo estado de prostitución. Con esta acción pretendió también reparar de algún modo el escándalo que había dado, y manifestar cuan perfectamente renunciaba al pecado y a todos los incentivos de sus pasiones. Hecho esto pasó inmediatamente en busca de Pafnuncio, y éste la condujo a un monasterio de devotas mujeres. Allí la encerró en una celda el santo anacoreta, poniendo a su puerta un sello de plomo, como en significación de que había de ser tumba en que había de vivir como muerta para el mundo y para sí misma.
Ordenó a sus hermanas que mientras viviese cuidasen de llevarle todos los días un poco de pan y agua, y a ella la intimó que no cesase de pedir misericordia y perdón a Dios. Ella ledijo: "Padre, ensenadme cómo he de orar". Pafnuncio le respondió: "Vois no sois digna de invocar a Dios pronuncndo su Santo Nombre, porque vuestros labios están llenos de iniquidad: ni levantar vuestras manos al cielo, porque están inquinadas de impurezas. Volveos, pues, hacia el Oriente, y repetid estas palabras: Tú que me has creado ten piedad y misericordia de mí". De esta suerte continuó aquella mujer orando casi con continuas lágrimas, no atreviéndose a pronunciar "Padre Nuestro", ni llamar a Dios "Padre", porque se consideraba como destituida del título de hija por sus traiciones y desnaturalizada ingratitud; ni "Señor", porque habiendo renunciado a Él se había hecho esclava del demonio; ni "Juez", porque este nombre la llenaba de terror con la memoria de sus terribles juicios; ni "Dios", porque este Nombre es santísimo y adorable, y comprende en una sola palabra toda su soberana esencia y perfectos atributos.
Pero por mucho que con sus acciones hubiese perdido en la presencia del Señor, siempre había quedado creatura suya, y hechura de sus manos; y por este título le pedía, por el inmenso abismo de su bondad y misericordia, que la mirase con compasión, que la sacase de sus miserias, que la restituyese a su gracia. Habiendo perseverado así con gran fervor por espacio de tres años, fue Pafnuncio a San Antonio a preguntarle si esta penitencia había sido suficiente para prepararla para el beneficio de la Reconciliación y a la Comunión Eucarística. San Antonio le dijo que lo consultase con San Pablo el Simple, porque Dios se digna descubrir su voluntad siempre al humilde. Ambos anacoretas pasaron juntos la noche en oración. A la mañana respondió San Pablo que Dios había preparado en el cielo un lugar para la penitente: en lo que entendió Pafnuncio que debía ir, como lo hizo, a sacar de la prisión a la que había merecido la indulgencia.
Considerando la penitente los incomprensibles juicios de Dios, y llena de profundos sentimientos de compunción y de su absoluta indignidad para ser admitida, ni aun a cantar las alabanzas del Señor en compañía de las castas esposas de Cristo, suplicó humildemente que la continuasen dejar en el curso de su penitencia hasta el último momento de su vida. Pero esto no lo quiso permitir Pafnuncio. Ella dijo que desde el momento mismo en que allí la había encerrado no había cesado de llorar sus pecados, y que éstos los tenía siempre indelebles en su memoria: "Por esa misma razón, dijo Pafnuncio, Dios los ha lavado y remitido". Entonces ella obediente dejó la prisión para vivir con las demás hermanas. Dios satisfecho de su sacrificio la sacó de este mundo quince días después de su reconciliación en la tierra, por los años 348; y es honrada en los Menologos griegos el día 8 de Octubre.Amante de Alejandro Magno.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home